La poesía como una resistencia que nos convierte en amenaza / por Gustavo Yuste

La obra Sed de Luz Pearson plantea un escenario futurista que, sin embargo, asusta por lo próximo que parece. En un ámbito donde el falso confort llega a prohibir todo aquello que no se pueda controlar, un grupo de rebeldes buscan en las palabras y su fuerza poética una posible vía de escape. ¿De qué somos capaces cuando la sed de libertad es lo único que podemos sentir? 


El futuro llegó hace rato cantaba hace ya décadas Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Sed, de Luz Pearson, parece reafirmar esa teoría que nos obliga a estar atentos y a defender nuestras escasas libertades individuales, dejando de pensar que los grandes peligros tardarán en volverse cotidianos. Cinco personas se juntan para resistir una tiranía del falso confort donde toda sensación queda fuera de los parámetros establecidos.

Con actuaciones sólidas, que aprovechan al máximo los recursos minimalistas de los que la obra se nutre y le dan ese aire enigmático que atrapa al espectador desde el comienzo, Sed utiliza un abanico importante de recursos gestuales y estéticos que hace que los protagonistas vayan apareciendo en escena, cargando a su paso pequeñas porciones de historia que se develan y se vuelven borrosas al mismo tiempo.

Armando y desarmando cada palabra, los protagonistas van redescubriendo sentidos, buceando en las profundidades de cada significado una gota de poesía que los ayude a saciar esa sed de libertad. Así, se puede aprender en la obra las distintas caras que componen los términos: “Aguante: fuerza interior que nos convierte en amenaza”.

Con una dirección cuidada de la mano de Luz Pearson y una actuación firme de cada uno de los actores, Sed abre la puerta a un mundo de emociones que llaman a estar a alerta. El mensaje al respecto es claro: la poesía es lo único que nos queda para ser libres. / Gustavo Yuste

 

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La libertad no la tienen los que no tienen su sed / por Andrea Alejandra González

“La libertad no la tienen los que no tienen su sed” – Rafael Alberti 

En un sitio y en un tiempo indefinido, cinco seres luchan por su supervivencia. No hay agua y no hay palabras.

Son seres controlados por una jerarquía superior que los domina, quienes lo proveen de lo mínimo indispensable para su desarrollo y manteniemiento. Ellos luchan por recuperar el agua y las palabras que les fueron arrebatadas.

Una escenografía inteligente que consta sólo de una plataforma de dimensiones reducidas con cabidades ocultas que permiten que la imaginación se dispare y elabore nuevas imágenes.  coronada por un complejo dispositivo que cumple una función vital, obtener agua, recuperando desde la mínima gota. El trabajo escenográfico es de gran importancia en esta propuesta porque toda la obra se desarrolla sobre esa escueta superficie y es el espacio seguro que reune a estos seres unidos por la rebeldía y el ansia de recuperar estos elementos vitales. El vestuario es otro item vital de esta puesta de una estética muy cuidada, de linea futurista, minimalista, etéreo.

La interpretación es muy bella. La economía de movimientos y de vocablos le da una lírica muy especial a la puesta, porque cada gesto y cada palabra emitida se resignifica, toma otra dimensión, no es un movimiento más ni es una palabra dicha porque si. Esas palabras que se dicen tienen un peso específico, un cuerpo, un volúmen, ocupan un espacio, remiten a un recuerdo, a un todo.

Cada uno de los personajes tiene una personalidad definida, ocupa un rol de peso en esta cadena de supervivencia que han formado con un fin mayor.

La ciencia ficción es un género que halla tierra fértil en la literatura o el cine, donde las super producciones recrean maravillas. El punto fuerte de esta propuesta es el férreo trabajo de dirección que dota a la propuesta de incontables recursos con los cuales superar las ausencias de imágenes y en este texto en especial, de palabras.

Sed, es una obra, que vista de este lado del planeta es una ficción fantasiosa, en otros rincones más olvidados del orbe, sin necesidad de abandonar los límites de nuestro propio territorio, es una cruel realidad. El agua es un recurso renovable hasta cierto punto. La trama no es un dislate, es simplemente una mirada idílica sobre una cuestión dramática. Todavía estamos a tiempo de tomar conciencia pero no hay mucho márgen para el error, sin agua no podremos sobrevivir.

Sed, es un hecho teatral bello, intrépido, sagaz, singular, con un magnífico mensaje ¡Bravo!

Andrea Alejandra González

 

 

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Sed, o donde faltan las palabras… / por Ben Davis Min

Sed, o donde faltan las palabras…

Sed representa una realidad que está fuera del tiempo y del espacio conocido.

El agua casi no existe, hay solo algunas gotas que deben ser cuidadas sigilosamente. Es un mundo en el que la falta de agua produce inquietud, recelo y conflicto.

La posesión del elemento líquido determina nuevas relaciones de poder. Este “nuevo orden” proporciona el agua necesaria para la subsistencia pero a su vez ejerce el control absoluto de la población, manteniendo sus sentimientos sosegados.

Además del agua, faltan las palabras. Las pocas que quedan deben utilizadas con prudencia. El sistema impone un discurso permitido donde muchas palabras se han vaciado de contenido. Las que están permitidas para comunicarse son aquellas que no provocan profundas emociones.

Un grupo de rebeldes pretende recuperar palabras prohibidas para poder sentirlas, pensarlas, decirlas, escribirlas e insertarlas en el sistema. Al hacerlo, se van encontrando, van descubriendo quiénes son.

Sed no es una producción narrativa. El relato aparece fragmentado, hay vacíos que no se explican. El estilo del lenguaje es poético.

Su directora, Lorena Székely dice que se trata de una obra que nos invita a reflexionar sobre la libertad y la conquista cotidiana de la misma. Es una metáfora sobre las distintas luchas que el hombre enfrenta en busca de libertad. Se pregunta ¿podemos vivir con el lenguaje limitado? ¿podemos vivir sin reconocer nuestro pasado? ¿podemos percibir que nos están manipulando y no hacer nada? Plantea que así como la devastación de bosques es una catástrofe para el hombre, la pérdida de palabras es una catástrofe de identidad cultural.

Esta obra de teatro planteada como ciencia ficción nos interpela como humanos en lo más profundo de nuestra memoria colectiva y nuestra identidad. Las palabras también se expolian, se violan, se maltratan y que es preciso cuidarlas. La pérdida de éstas empequeñece. Recuperarlas es tener la posibilidad de encontrarnos con nuestra historia.

“Yo guardo una memoria” dice una de las protagonistas de la obra y revela objetos de otro tiempo que evocan el recuerdo. Sed es básicamente una obra de ciencia ficción que se plantea reflexionar acerca de cuestiones centrales de las sociedades del siglo XXI, del valor de la palabra y su relación con las cuestiones del poder. ¿O acaso la comunicación mediática estos días no se vale de palabras y conceptos vaciados de contenido, huecos, manipulados? ¿O no es violada permanentemente la verdad?

La obra cuenta con una escenografía mínima pero creativa. Se desarrolla en torno a lo que podría pensarse como un “árbol de la vida” y sobre una plataforma en la que cinco actores se mueven muy bien en un espacio de no más de 3 x 3.

El estilo de actuación es sobrio y desde ya que no abreva en el realismo. Se destaca la labor de Cecilia Dellatorre, actriz que muestra un interesante trabajo corporal, en especial con el manejo del gesto.

Bien por la dirección y su coordinación de movimiento de los actores en la escena.

Sed no es una propuesta para pasar el rato. Obliga a algo más.

Ben Davis Min

 

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La sequía del mañana / por Julieta Cantero

Sed aborda la idea de un mundo en donde falta el agua y las palabras. Desde un discurso que recuerda a la ciencia ficción de libros como 1984 y Farenheit 451, realiza una crítica a este sistema donde el orden que gobierna proporciona el agua necesaria para la subsistencia y donde reina la censura y el control absoluto de las mentes. Ante esta ausencia de palabras, la dominación simbólica hace imposible generar un pensamiento crítico en su contra, que la cuestione, que la resista.
Las palabras permitidas para comunicarse son aquellas que no provocan profundas emociones. Un grupo de rebeldes pretende recuperar palabras prohibidas para poder sentirlas, pensarlas, decirlas, escribirlas e insertarlas en el sistema. Al hacerlo, se van encontrando, van descubriendo quiénes son. Ponen en riesgo su vida, pero ¿qué vida puede vivirse cuando la propia identidad está censurada?
Sin precisar datos de localización de tiempo y espacio, van apareciendo de a uno los cinco personajes. El color blanco los viste por completo, y los hace una masa homogénea. Tienen también en común ese aparato abrochado en la muñeca para recibir los llamados de esa fuerza que los gobierna.
Pasan los primeros largos minutos de la obra sin la palabra. En el escenario, únicamente gestos y movimientos pequeños, que solo se notan en planos detalle; planos en los que el ojo humano debería poder hacer un zoom más preciso para terminar de detectarlos.
Una luz en sus muñecas se enciende; deben atender y detallar información sobre su ubicación y actividad. Una voz amigable corregirá cuando escuche palabras que no son adecuadas, y “recomendará” actividades y programas de televisión. Esta voz también podrá reprimir a quienes no se presenten con la identidad que, forzadamente, le fue asignada.
El argumento es por demás interesante: Un grupo de personas intentan boicotear al sistema, recuperar la definición de ciertas palabras para lograr un pensamiento crítico y escaparse de la censura. Es una crítica a la sociedad que controla las ideas de la población abusando de los aparatos ideológicos del Estado. Así, y al igual que en las ficciones de George Orwell y Ray Bradbury, se observa una instancia superior que todo lo ve y todo lo controla, a la que parece ser imposible de escapar.
Hay ciertos factores que distraen al espectador de la idea y de la atracción del mensaje de la obra. Con una escenografía bastante minimalista, los personajes transitan sobre una tarima en el medio del escenario. Cada paso hace crujir esa madera generando un sonido que aleja la atención sobre lo que sucede. A su vez, en ese buscar la precisión del decir, se produce una separación entre las palabras que lentifica las frases y hace perder el sentido global de lo dicho.
Se vacían de contenido las palabras; se vacían las ideas y las mentes; y entonces solo resta obedecer, no discutir los mensajes y naturalizar el orden dado. “Sed: agua virgen en mi boca seca; Aguante: lo que nos convierte en amenaza”. Serán algunas de las palabras que redefinirá este grupo, poniendo en riesgo su vida.
Sed te invita a reflexionar sobre este otro mundo, todos los viernes en el teatro La Tertulia, Gallo 826, Almagro. / por Julieta Cantero para Corriendo la voz

 

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El agua alimenta el cuerpo y las palabras el intelecto / por Charly Borja

 

Interesante propuesta de la directora Lorena Székely en un formato de teatro poco explotado en la argentina el de ciencia-ficción y que tiene tanto terreno para recorrer.

La obra es original, contiene suspenso e invita a la reflexión porque la historia es inquietante, seres dominados por un ‘ser invisible’ a través de aparatos que se asemejan a reloj pulseras pero que en verdad los abducen mentalmente para extraerles su voluntad de ser libres, dentro de su lucha también ansían encontrar en su extraño laboratorio-árbol el fruto de sus investigaciones sobre la creación de agua y también atentos a la germinación de palabras que esa raza de seres perdió vaya a saber por qué cataclismo nefasto.

Las actuaciones de Cecilia Dellatorre, Jorge Lifschitz, Martin Papanicolau, Andrés Portaluppi y Mercedes Spangenberg, son convincentes, y mantienen en vilo al espectador a cada instante, hallamos un buen trabajo de su directora en ese tema.

Con el importante apoyo de los rubros técnicos como un atrayente vestuario, una iluminación y escenografía que crean climas fríos como el hábitat donde transcurre la escena “Sed” se vuelve atrapante para el espectador.

Recomendable, una pieza de ciencia-ficción bien contada. / por Charly Borja

 

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